15 October 2015

GABON: naturaleza y subdesarrollo, corazón y controles policiales

Gabón: naturaleza y subdesarrollo, corazón y controles policiales



Gabón es un país hermoso. Alrededor del 17% del territorio gabonés está designado parque nacional. Este simple dato evidencia la belleza natural y los recursos naturales de este pequeño país del África Ecuatorial. No obstante, Gabón representa uno de los mejores ejemplos de la regla, según la cual, cuanto mayor sea la riqueza natural de un país, más está condenado al subdesarrollo y la pobreza. Así, a pesar de todos los recursos naturales que atesora, Gabón se precipitaba durante muchos años a lo más hondo de todas las clasificaciones e índices de desarrollo y riqueza económica.

sin embargo, la llegada de china a África en los últimos años y la entrada de dinero e inversiones del país asiático en África, a permitido a Gabón dar recientemente algunos leves signos de recuperación y desarrollo. Un claro ejemplo de esto son las formidables carreteras que los chinos han construido y están en el proceso de construir en Gabón, así como en muchos otros países africanos. Gabón se convierte de este modo en un país de contrastes: unas carreteras de primer mundo sobre un subsuelos de pobreza y subdesarrollo. Viajando por Gabón, nos encontramos frecuentemente circulando por carreteras que rivalizarían con la mejores vías europeas. Sin embargo, de pronto la carretera se acababa y empezaba una pista de tierra que revela la cruda realidad del país. De la misma forma, las más básicas infraestructuras escasean en este país. Nuestra aventura por el territorio gabonés viene caracterizada por una odisea desesperada en busca de un simple cajero automático donde poder sacar dinero y una simple gasolinera para poder comprar combustible sin tener que afrontar los sobrecostes que imponen los vendedores particulares.

Entramos en Gabón por el norte, desde Camerún. Era una mañana nublada de sábado. el sello de ntrada estampó la fecha del 10 de octubre del 2015. Los trámites en la frontera fueron sencillos y relativamente rápidos. sin embargo, nos indicaron que aún deberíamos formalizar la entrada en la oficina de inmigración de Bitam, a unos 20 kilómetros de la frontera. Ahí sí que nos tuvieron esperando un buen rato.

Fue la segunda muestra de lo incómodo que este país ecuatorial puede ser para los viajeros. Si Camerún destaca por ser la nación africana que posee los peores agentes de seguridad (siempre al acecho de arrancarle al viajero una jugosa cantidad de dinero0, Gabón no se queda a la zaga.

De hecho, la primera muestra de corrupción y bandolerims la vivimos nada más pusimos el pie en territorio gabonés. Recién acabados los trámites de entrada en el puesto fronterizo, no habíamos recorrido aún un kilómetro y ya nos encontramos un grupo de hombres bloqueando la carretera con un tubo de clavos. Es la versión gabonesa del impuesto revolucionaria: "il faut payer 1500 CFA pour passer" (es necesario pagar 1500 CFA para poder pasar). No es que la cantidad, que no deja de ser más de un par de euros, sea motivo de escándolo, pero la puñetera manía que tiene el africano de andar siempre pidiéndote algo, ya sea dinero, un cigarillo, un refresco, un recuerdo, un "cadaux" (un regalo), pero siempre algo, aunque no sepa él mismo el qué: "quelque chose" (cualquier cosa), termina por exasperarte. Sobre todo si comprueba que el color blanco de tu piel resulta el factor determinante para que seas escogido como diana de sus ruegos o demandas.

La excusa en este caso fue que se trataba de una tasa comunal; una de las típicas, de las que ya nos conocíamos. Dejando claro que no me convencía en absolute la explicación, le hice saber al hombre que por mucho que fuera blanco, yo no era rico y no podía ir repartiendo el dinero por la ventana a todo aquel que se acercara. Añadi que de hecho tenia una fuerte deficiencia visual, por lo que me resultaba muy difícil encontrar trabajo que me reporte suficiente dinero. A ello me respondió: "papá, dime cuanto puedes pagar". Traté de explicarle que por principio no estoy de acuerdo con que me estén constantemente levantando el dinero. Insistí en que era racista que me estuviesen siempre pidiendo dinero a mí, por el simple hecho de ser blanco. "No, papá, no es porque tú seas blanco, se lo reclamamos a todos lo que pasan por aquí por primera vez en el día, es una tasa comunal".

Como no había forma de que nos pusiéramos de acuerdo, nosotros nos quedamos aparcados junto al margen de la carretera, mientras que él regreso a su posición junto a la barrera. Tras esperar un rato, yo le comenté a Alia que una idea para salir de ahí sería meterse de nuevo en la carretera, de frente a la barrera, de modo que si no nos dejaban pasar, nadie podría pasar. A Alia no le terminó de convencer la idea, temiendo que con un envite por nuestra parte de tal calado, las cosas se salieran de madre, Poco después Alia se bajó del coche para hablar con los hombres, pero a mí me surgieron dudas que fuera a tener intención de pagar. De modo que salí detrás de ella para evitar cualquier posiblidad de claudicar al chantaje. Tuvimos una discusión en voz alta. Alía se regresó al coche, pero yo me quedé en la carretera. De hecho, haciéndome el despistado, me quedé en el centro de la carretara, claramente obstaculizando el tráfico. Dejaba ver que se me estaba acabando la paciencia. Era mi forma particular de amenazar que cualquier momento iba a montar el taco. Entonces me volví a subir al coche. Poco después otro hombre, bien vestido, se vino a hablar conmigo y me preguntó en inglés: "why are you so angry?" (porque estas tan cabreado). Yo le hice ver que no era posible que por el hecho de ser blanco me estuvieran siempre reclamando dinero; yo no soy rico. Volví a recurrir al argumento de que tengo una fuerte deficiencia visual. Él me contestó que no era porque fuera flanco; pero podía marchar. Acto seguido cerro mi puerta y se dirigió al encargado de la barrera. Pude escuchar como le decía que aquella era una carretera internacional y nosotros ya pagábamos las tasas legales para circular por esas carreteras. Sin duda, nuestra experiencia por el África negra deja bien a las claras, que la acusación de racismo contra los blancos escuece sobre manera a aquellos que precisamente acostumbrar a utilizar el racismo como argumento principal para presentarse como víctimas. Obvia decir que la intensidad del escozor se debe a que ellos saben perfectamente que la acusación es irrebatible: el que los blancos recibén un trato discriminatorio en África es sencillamente incuestionable.

Habiendo dejado atrás el primer obstáculo, nos introducimos en territorio gabonés contentos de comprobar que la calidad de la carretera no habia bajado respecto de lo que veníamos disfrutando desde Yaounde. Sin duda, el paso de los chinos se hacía notar también aquí. Por otro lado, rezábamos que Gabón no siguiese el ejemplo camerunés en lo que se refiere a lo desagradables que resultan los controles de seguridad en las carretera. desgraciadamente, la mejora fue únicamente leve.

Se nos hizo de noche según avanzábamos al este por la carretera que lleva al Congo. Íbamos en busca del parque nacional de Ivindo. Sin embargo resultaba muy complicado averiguar cual era la ruta correcta a seguir. Paramos un par de veces para preguntar, pero la gente no parecía saber muy bien, cuando no se contradecían los unos a los otros. Más tarde comprendimos que Gabón tiene muchos parques nacionales; de modo que es fácil confundir unos con otros. Por ejemplo, en una de las ocasiones que preguntamos, un hombre nos indicó de tomar la carretera hacia el sur y luego girar hacia el oeste. sin embargo, su amigo lo respondió de forma inmediata que eso era el parque nacional de Lope; mientras que nosotros habíamos preguntado por el parque de Ivindo, que se encuentra al este.

Como suele pasar en África, cuando dos extranjeros aparecen haciendo preguntas, sin que nadie pueda entenderles y nadie les pueda hacer entender, tras un rato aparació la persona del pueblo que maneja idiomas. Malcolm era un muchacho generoso y bonachon. Curiosidades de la vida, vestía una camiseta de 'la Roja', la selección española de fútbol. Su nivel de inglés era bastante potable, pero su reproducción del accento americano estaba claramente pasada de revoluciones; hasta el punto que a veces dificultaba seriamente la compresión.

A su vez, nuestra deficiente pronunciación del nombre del parque, provocó que Malcolm necesitara un buen rato para descifrar que andábamos preguntando por el parque nacional Ivindo. Entonces respondió entusiasta al darse cuenta que conocía la respuesta a nuestras preguntas. Nos explicó que su hermano trabajaba para el parque Ivindo. Lo que nunca queda claro cuando un africano habla de hermanos, es si se trata de hermanos próximos o lejanos, pues se ve que existen muchos grados de hermandad. Al final es mejor no perderse en esos detalles. Malcolm tuvo la amabilidad de llamar a su hermano; pero la persona que respondió el teléfono no fue de gran ayuda. Al menos Malcolm supo indicarnos con precisión cuál era la localización exacta de Ivindo y la condición de las carreteras hasta llegar allí. También nos dejó el teléfono de su hermano, a quien deberíamos llamar cuando llegásemos a Ivindo.

Se había hecho tarde y carecía ya de sentido continuar la marcha. De modo que decidimos preguntar a Malcolm si podría sugerirnos un lugar donde pudiesemos aparcar el coche para pasar la noche. En principio Malcolm entendió que le preguntábamos por un hotel, pero le explicamos que no estábamos interesados en un hotel, sino que pensábamos dormir en el coche. Entonce Malcolm reaccionó con preocupación para decirnos que era peligroso. Nuestra experiencia demuestra que el riesgo es mínimo y realmente no hay motivo para la preocupación. Sin embargo, Malcolm estuvo presto a ofrecer una solución. Como el muchacho patoso que, temeroso de ser rechazado, declara su amor a una bella moza, Malcolm nos ofrecía su casa para pasar la noche. Nos explicó que su casa era muy sencilla y no tenía las comodidades que nosotros podríamos esperar, pero si no nos importaba, el estaría gustoso de ofrecernos lo mejor que tiene. Nosotros le aclaramos que nos sentíamos muy afortunados y agradecidos por su generosidad y hospitalidad. Como ya era muy tarde nos apresuramos a hacer algo de cena, comer y recoger todo. En un principio ibamos a dormir sobre nuestra colchoneta de gomaespuma en el salón. Pero al final Malcolm insistío que durmiéramos en su habitación. El momento más difícil para él fue cuando tuvo que decirnos que su aseo era un 'aseo africano', con todo lo que eso supone. Es decir, ni lavabo, ni ducha, ni sanitario; únicamente un agujero y un cubo de agua, Nuevamente le aclaramos que eso no suponía absolutamente ningún problema para nosotros; insistimos que estábamos encantados de poder pasar la noche en su casa. Lo cierto es que la cama era bastante incómoda y al no existir ninguna pared auténtica entre el salón y el dormitorio, el sonido de la televisión se escuchaba con estruendo desde la cama.

Las condiciones precarias provocaron que nos levantáramos muy pronto la mañana siguiente. En realidad tenía su parte positiva, pues nos permitía ponernos en marcha temprano y aprovechar más el día. Sin embargo, Malcolm confiaba en compartir el desayuno con nosotros. Alía y yo estábamos de acuerdo que sería un gesto muy feo por nuestra parte despreciar la atención de nuestro anfitrion y salir corriendo. De modo que aceptamos.

Malcolm marcho a comprar algo de pan. Como se trataba de un pueblo pequeño, suponíamos que no se retrasaría demasiado tiempo. Pero tras pasar un rato, empezamos a impacientarnos. Finalmente avistamos a Malcolm caminando tranquilamente de vuelta, haciendo gala de la más pura parsimonia africana. Malcolm nos brindó lo mejor que tenía y nos regaló un  desayuno lleno de buena compañia, conversación y amistad. Tras tomar unas fotos juntos, ya preparados para partir, le dimos algún recuerdo del Real Madrid. Aquella mañana vestía pantalones deportivos del Real Madrid, pero él nos explico que era aficionado del FC Barcelona, aunque el Real Madrid le gustaba también. Preferí no intentar explicarme que ambas fés no eran exactamente compatible. Finalmente intercambiamos información de contacto, le dimos las gracias y salimos.

De nuevo en ruta, el primer problema a resolver era encontrar una gasolinera. habíamos dejado 200kms. atrás la última que habíamos visto. Hasta el punto que la noche anterior, en el pueblo de Malcolm, tuvimos que comprar diesel a un particular, con un recargo del 10%-20%. En otras circunstancias el sobrecoste no hubiera tenido mayor relevancia, pero tampoco andábamos sobrados de efectivo, pues tampoco habíamos encontrado un cajero donde retirar efectivo. Ese se convertía, por lo tanto, en el segundo problema a resolver: encontrar un cajero automático. Apenas llevábamos un día en el país y Ya habíamos comprendido cuales son las dos mayores dificultades que debe afrontar el viajero: localizar gasolineras abastecidas y, sobre todo, cajeros automáticos. De hecho, tras dedicar un buen tiempo investigándolo, llegamos a la conclusión que solo existen cajeros automáticos que acepten VISA en tres ciudades: Libreville, Oyem y Mouila, aunque no descartamos que pueda haber en alguna otra ciudad más.

De camino a Ivindo nos encontramos con una pareja en la carretera que nos pidió que les llevásemos a Makokou; la ciudad junto a la que se encuentra Ivindo. Apenas un par de días atrás habíamos tenido una mala experiencia en Camerún recogiendo una autostopista, pero pensamos que esta vez no deberíamos tener problemas, así que sentamos a la mujer en el asiento delantero y al hombre lo pusimos atrás.

Cuando estábamos a medio camino, la mujer estiró el brazo hacia atrás y empezo a remover entre nuestras mochilas. Entonces agarro una caja de galletas María y sacó uno de los paquetes de galletas de su interior. Lo puso sobre su regazo y empezó a comerse la galletas. Una de las principales observaciones que hemos extraído de nuestro viaje por África, es el ínfimo nivel educativo de la población. Resulta especialmente alarmante el absoluto desconocimiento de expresiones tan sencillas y útiles como "por favor" o "gracias". Sin embargo es llamativo que exista mayor familiaridad con la expresión "de nada".

Alia y yo nos quedamos patidifusos al observar lo que acababa de ocurrir. Yo no reaccioné, pues, excusándome en mi deficiencia visual, quería dudar que hubiese visto lo que acababe de ver. Alia, en cambio, empezó a protestar en inglés. Yo la hice saber que mi opinión era la misma. Alia entonces arranco el paquete de galletas de las manos de la mujer y lo puso lejos de su alcance. Yo le expliqué en francés a la mujer que estaba bien,no había problema si lo pedía por favor. La mujer no se inmutó.

Sin duda nos ha llamado mucho la atención la fascinación extrema que causan las galletas Maria entre los africanos. Es una constante cada vez que alguién descubre que tenemos galletas, que se le pongan los ojos como platos y empiecen a pedirte y suplicarte que le des una, como si en ello le fuera la vida. Una vez le pregunté a un hombre africano a qué se debía tanta fascinación por unas simples galletas, cuando, mismamente, los mangos, las piñas, las papayas o cualquier fruta en general de África es mucho mejor. Me contestó, con la cara de profunda satisfacción que le producía saborear una de esas galletas, que tienen un alto nivel energético. No quise entrar en mayores debates, dado que, al fin y al cabo, aquella galleta que tan felizmente estaba saboreando, me había permitido que aceptase venderme 25 litros de diesel al mismo precio que en la gasolinera, pues al menos había conseguido una galleta con el trato.

A tan solo diez kilómetros de Makokou encontramos un control policial. Cada vez que se encara un control policial en estos países es inevitable entrar en un estado de nerviosismo ante la incertidumbre de cóme se desarrollará el trámite.  Siempre se confía que el agente en cuestión te incordie lo menos posible. Lo cierto es que en ocasiones el tipo incluso resulta simpático: te recibe con una sonrisa abierta, te pregunta por tus viajes y por tu coche, te expresa su admiración por ambos, te ofrece sus mejores deseos para el resto de tu aventura y se despide con la misma sonrisa franca con la que te recibió.

En otras ocasiones, sin embargo, el trámite resulta peor que una visita al dentista. En estos casos, el agente tiene un objetivo claro de sacarte el máximo dinero posible. Por fortuna, a estas aluras, después de todo por lo que hemos pasado, creemos saber muy bien como manejar este tipo de situaciones. El principio fundamental a recordar es que nunca se paga nada.

Hablando con otras personas de raza blanca que viven en África, es muy sorprendente y, en cierto modo, irritante descubrir con que frecuencia y facilidad solventan las trabas
policiales tirando las más disparatadas sumas de dinero por la ventana. Esta práctica es muy criticable, no ya por el despilfarro que supone para las arcas personales del autor, sino por las consecuencias que pagamos todos los demás. En efecto, tirar el dinero a estos agentes corruptos para salir del paso lo más rápido posible, solamente alimenta aún más la voracidad de estos individuos, animándoles a extender y aplicar sus malas artes a todas los demás.

A estas alturas, hemos aprendido muy bien cuál es la estrategia: el objetivo del agente corrupto es encontrar algo que poder cuestionar. Lo importante no es si se ha cometido una infracción o no se esta en total cumplimiento de la legalidad. La clave es hacer creer a la víctima de que está contraviniendo la ley. La documentación puede estar perfectamente en regla. El vehiculo cumplir todos los requisitos legales y la conducción haber sido impecable. Aun así, el agente corrupto inventará cualquier cosa para advertir a la víctima de que ha cometido una ilegalidad. Lo cierto es que los occidentales están fuertemente acostumbrados a aceptar que todo lo que dicen los agentes de seguridad es cierto. Es tanto así que para la mente occidental es muy difícil cambiar de registro y empezar a barajar la posibilidad de que el agente esté mintiendo. Esto es aprovechado por los agentes corruptos para inventarse cualquier ley de cuya violación poder acusar a la inocente presa. El desconocimiento de la legalidad local por parte del viajero hacen el resto. Llegados a este punto, el occidental inocente admite con resignación su culpabilidad, entra en pánico y se lanza a rogar con desesperación que el agente demuestre un poco de misericordia y se avenga a algún tipo de "arreglo".

Nuestra experiencia indica que la probabilidad en Gabón de ser acosado en un control policial ronda el 50%. De modo que resulta un cara-o-cruz. A nuestra entrada en Makokou nos salió cruz. Lo adivinar desde el primer momento: El fulano que se asomó a la ventana de Alía para la inspección tenía una cara que era un auténtico mango de paraguas. Con voz lacónico nos soltó una letanía de documentos que necesitaba revisar: como si no nos los hubiesen inspeccionado ya mil veces en los pueblos anteriores. No había, sin embargo, ningún motivo para la sorpresa. La estrategia era clara y conocida: se trataba de encontrar cualquier cosa que se antojase vulnerable. Uno tras otro le fuimos pasando cada uno de los papeles. Con cada documento, la insatisfacción y frustración en su cara iba en incremento. Probablemente porque no terminaba de encontrar nada que le permitiese levantar expectativas de lograr su objetivo. Peor aún, la mitad de los papeles estaban en español. Indudablemente el tipo estaba completamente desconcertado ante la incapacidad de entender nada. De esa forma se hacía imposible vislumbrar alguna vulnerabilidad que poder atacar. Pasaba así de un documento a otro, sin ocupar apenas tiempo en ninguno de ellos y, ciertamente, sin sacar conclusión alguna de cualquiera de ellos.

Acudió entonces a la ayuda un segundo oficial que, a primera vista, parecia tener mayor conocimiento y estar en condiciones de orientar un poco a su compañero. Este segundo agente presentaba también un gesto algo más amable. Confiábamos que de un momento a otro aceptasen que no había fisuras en nuestra documentación. Todo estaba en orden y pronto nos devolverían todos los papeles, permitiéndonos reanudar la marcha. Muy al contrario, para nuestra desilusión, nos indicaron debíamos acompañarles al pequeño pupitre a la entrada de su oficina.

Al llegar ahí, para nuestra sorpresa, el más amable de los dos agentes nos informó que habíamos cometido una infracción y tenían que multarnos por ella. Nuestro asombro alcanzó el grado de perplejidad cuando nos explicó que la infracción en cuestión consistía en llevar como pasajero una mujer en cinta. Lo disparatado del argumento desnudaba y desbarataba por sí sólo toda la estrategia. En consiguiente, Así que sin que llegara a alterarsenos las sangre lo más mínimo, le repliqué al oficial en tono muy reposado que nuestra documentación estaba perfectamente en regla y nosotros no habíamos cometido ninguna infracción. Si existía algún problema con que una mujer embarazada viajase en coche, eso era un asunto que ellos debían de aclarar y resolver con la persona en cuestión. Lo cierto es que yo ni tan siquiera me había percatado del estado de la mujer, así que no estaba de ninguna manera dispuesto a aceptar cualquier responsabilidad al respecto. Desde luego yo no tenía nada que ver con el asunto, así que podían estar bien seguros que no ibamos a pagar ni un céntimo por ninguna multa. Sin más discusión y con tono igualmente calmado, el agente expresó su conformidad y nos señalo que podíamos marchar.

Ya en Makokou, nuestra primera preocupación era encontrar una gasolinera. Nuestros autoestopistas conocían la ubicación de una y nos indicaron. Desafortunadamente la gasolinera se encontraba desabastecida de diesel, así que preguntamos si existía otra estación en la ciudad. Tras algo de rodeo, dimos por fin con la segunda gasolinera, pero esta tampoco tenía diesel disponible. De modo que decidimos comprar diez litros de un particular.

Llegados a este punto nos era finalmente posible dejar a nuestros autoestopistas en su deseado lugar de destino en la ciudad. Compliendo las previsiones y confirmando nuestra teoría, ocurrió esto sin que realizaran la más mínima expresión de agradecimiento. En efecto, nuestros autoestopistas se bajaron del vehículo y perdieron entre la multitud sin pronunciar palabra o realizar gesto alguno. Yo estoy convencido que, al contrario de lo que pueda parecer a primera vista, no es la ingratitud el motivo que sustenta esta actitud. En realidad es un problema de ignorancia, pues, sencillamente, nunca nadie les ha enseñado a dar las gracias.

En Makokou, también queríamos encontrar un cajero autómatico, pero eso se antojaba menos urgente por el momento. La busqueda de un cajero autómatico en África puede convertirse rápidamente en una ardua tarea, pues mucha gente ni tan siquiera sabe que es un cajero automático, de modo que la idea más socorrida de preguntar a los lugareños resulta un galimatías. Por otra parte, no queríamos entretenernos demasiado y que se nos hiciera tarde para visitar el parque, así que decidimos proseguir hacia Ivindo y preocuparnos a la vuelta del dinero.

En la gasolinera encontramos un hombre que conocía el camino a Ivindo. Con gran amabilidad se ofreció a guiarnos con su moto hasta el desvio. Cuando alguien te ofrece ayuda en África, es inevitable la pequeña preocupación de que al final te van a pedir dinero para corresponder el favor prestado. En esta ocasión no fue este el caso. Al llegar al desvío, el hombre se volvió hacia nosotros para explicar que desde ahí simplemente debíamos seguir la pista por unos siete kilómetros hasta llegar a Ivindo. Le dimos efusivamente las gracias y él se marchó contento de haber podido ayudar.

Aquel soleado mediodía de domingo Ivindo parecía estar de siesta. Alia se bajo del coche para buscar a alguién que nos pudiera dar algo de información sobre como visitar el parque. Se encontró con Christoff, un joven biólogo francés que realiza su trabajo de investigación en Ivindo.

Christoff nos puso en contacto con una mujer, que se ocupa de organizar los tours de visita al parque. Sin embargo habría que esperar hasta el lunes. El tour consistía en llevarnos a través del río hasta el centro del parque. Ahí, en la densidad de la jungla se halla una cascada y se realizan recorridos guiados durante los cuales es posible avistar todo tipo de animales. Lamentablemente, el tour requería tres días y tenía un precio exorbitado: 470.000 francos centroafricanos (alrededor de 750 euros). Ni disponíamos de tanto tiempo, ni nos podíamos permitir semejante desembolso.

Sin embargo, fue muy interesante charlar con Christoff y aprender sobre su experiencia y conocimiento de Gabón, los parques nacionales y la vida salvaje. Christoff también nos contó curiosidades muy interesantes como la importancia de mantener conectadas los distintos parques nacionales y demás áreas de vida salvaje, con el fin de preservar la riqueza genética de las especies que las habitan. Lo que nunca habíamos pensado es el papel fundamental que tienen los elefantes en este sentido, al ejercer de auténticos obreros de construcción de la jungla. En efecto, los elefantes con sus descomunales proporciones, abren formidables vías de comunicación allá por donde pasan, que el resto de animales de la jungla luego aprovechan para sus migraciones.

Nosotros al final nos conformamos con un pequeño paseo guiado por el bosque que rodea el campamento de entrada en el parque. Fue una decisión arriesgada, pues tuvimos que pagar 15000 CFA (aproximadamente 23 euros) por el paseo y para entonces apenas ya nos quedaba dinero para comprar combustible para llegar a la ciudad más cercana con cajero automático. Según nos explicó el ranger que nos hizo de guía, deberíamos ser capaces de retirar efectivo en Lamberene, a unos 400 kilómetros de Makokou. Nuestro Land Rover consume alrededor de diez litros a los cien kilómetros, y el precio del diesel en las gasolineras era 475 CFA el litro. De modo que precisábamos al menos de 20.000 CFA en diesel para llegar a Lamberene.

Al término de nuestro breve paseo por la jungla, regresamos a Makokou. Esta vez, la necesidad de encontrar un cajero automático era imperiosa. Aunque en Ivindo nos habían advertido de la inexistencia de estos en Makokou, queríamos agotar todas las posibilidades que pudiésemos tener. Yo salí del coche para preguntar a un grupo de gente. Sin embargo, las respuestas que recibía eran bastante contradictorias. Ante la dificultad de lograr explicar y hacer entender qué era exactamente lo que andaba buscando, iba mostrando mi tarjeta de crédito. Entonces se me acercó un chico preguntándome en un castellano bastante aseado si yo hablaba español. Así lo había deducido al ver mi tarjeta de crédito del Banco Santander. Sin duda me alegró saber que al menos íbamos a superar la barrera de comunicación del idioma. Jonathan me explicó que existía en Makokou una oficina donde creía era posible retirar dinero, pero permanecía cerrada los domingos, por lo que sería preciso esperar hasta el día siguiente.

No obstante, por lo que nos decían, parecía se trataba de una oficina postal o una agencia de envios de dinero del tipo de Western Union. De ser ese el caso, la oficina en cuestión no nos sería de mucha utilidad. Es por ello que decidimos que no valía la pena esperar hasta el lunes y probar suerte.

Antes de dejar Makokou, necesitábamos comprar un poco más de diesel, que nos permitiese llegar a Ndjole, donde esperábamos encontrar la siguiente estación de servicio. Puesto que las gasolineras continuaban desabastecidas, no nos quedaba otro remedio que comprar combustible de un particular al mejor precio que pudiéramos encontrar.

Nos habían comentado de un sitio donde comprar diesel, pero las indicaciones no eran muy precisas y pasamos de largo. Entonces Alia decidió que mejor que dar mil vueltas con el coche malgastando combustible, ella iría a pie a llenar los bidones. Sin embargo, no fue hasta una media hora larga después que Alia regresó con los bidones aún vacios. Al parecer tampoco tenían diesel en el sitio donde nos habían dicho. Curiosamente, en su pequeña travesia en busca de combustible, Alía se había encontrado también con Jonathan, quien ahora nos ofrecía ayuda para encontrar diesel. Jonathan conocía otra gente que también se dedicaba a vender combustible, pero parecía que su ubicación era un tanto retirada, así que suponía un gasto adicional dar todo el rodeo hasta allí. Tras pensarlo un poco, concluimos que no valía la pena y era mejor salir de Makokou y comprar combustible por el camino. No obstante, no quería resultar ingrato y maleducado al rechazar sin más la ayuda que Jonathan estaba ofreciendo, por lo que pensé debía explicarle el motivo por el que andábamos tan desesperado buscando primero un cajero automático y ahora un sitio donde comprar diesel.

La explicación le permitió a Jonathan comprender por qué éramos tan rácanos con el número de kilómetros que necesitábamos hacer de más. De forma inmediata Jonathan se puso a pensar en que manera podría ayudar a solucionar nuestro problema. En un momento dado, pareció ofrecer que él podría comprar un poco de diesel por nosotros, pero eso nos resultaba un poco demasiado, y no quisimos prestar atención a sus palabras exactas. Continuamos discutiendo las posible alternativas y Jonathan volvió a sugerir que fuéramos a comprar combustible al sitio que él conocía. Según explicaba, si comprábamos cinco litros, nos darían otros cinco litros más sin coste adicional. Todo parecía un poco extraño, pero en la situación desesperada que nos encontrábamos, pensamos que merecía la pena intentarlo.

Jonathan se subió al coche con nosotros y nos guió hasta sus amigos. En efecto, tal cual había prometido Jonathan, recibímos cinco litros más de los que habíamos pagado. Como la operación resultaba muy extraña, quisé preguntarle cuál era la lógica que la fundamentaba. En realidad, no era muy dificil adivinar que Jonathan había puesto el dinero para los cinco litros de regalo. Pensé que su gesto de generosidad  merecía ser correspondido. Le pregunté si le gustaba el fútbol y le comenté que me gustaría regalarle una camiseta del Atlético de Madrid. El problema resultó que Jonathan confesó ser hincha del F.C. Barcelona. Además, las camisetas que yo tengo son de talla infantil y, por lo tanto, le vendrían muy pequeñas. Él me explicó que tenía un hermanito al que seguro le haría mucha ilusión la camiseta. Sin embargo me aclaro que su amor a los colores blaugranas era irrenunciable. En fin, yo quise creer que con el tiempo Jonathan sabrá encontrar el camino correcto y terminará abrazando la fé verdadera, asi que le entregué la camiseta.

Para nosotros la sensación de alivio era enorme al haber logrado por fin solventar nuestro dilema con el combustible. Estando todos felices y contentos, Jonathan propuso que nos fuéramos a cenar: el invitaba. Habíamos pensado salir de Makokou aquel mismo domingo, pero se había hecho ya de noche y la idea carecía ahora de sentido, de modo que aceptamos sin demasiada dilación.

Jonathan nos llevo a un pequeño puesto donde tenían una parrilla de pescado. No estoy seguro de qée pescado se trataba; lo que sí sé es que estaba de muerte! Jonathan me había explicado que él había cursado estudios de español en la universidad en Libreville, pero había tenido que dejarlo por falta de dinero. Me decía que su sueño era poder enseñar español a un grupo de muchachos. Su nivel de español era francamente bueno, pero tras mantener una conversación extendida se apreciaban algunas deficiencias. Según disfrutaba del pescado se me ocurrió enseñarle como decimos en España cuando algo está muy, muy rico. El quiso adivinar: "sabroso". Yo le dije que la respuesta era correcta, pero en 'castellano antiguo' nosotros empleamos palabras más gruesas.

Como suele ser habitual, Alia termino primero de cenar. Viéndonos a mí y Jonathan disfrutando charlando en español, decidió ir a solucionar un pequeño problema con las tuberías y el bombín del freno. Cuando nosotros por fin terminamos de cenar, fuimos a buscar a Alia. Cuando llegamos, nuestro ánimo jobial y dicharachero contrastaba con el de Alía. La encontramos furiosa, maldiciendo el árbol genealógico de los diseñadores del sistema de frenos de tambor de nuestro Land Rover Series III. Lo que en un principio era un pequeño arreglo, se había transformado en un complicado problema. Jonathan sugirió avisar a un mecánico que él conocía. Alía desconfiaba; en parte por nuestra experiencia, en parte porque parecía evidente que la solución pasaba por un nuevo bombín. Jonathan nos comentó que conocía de un par de Land Rover viejos, de los que quizá pudiésemos obtener algún recambio. Sin embargo, esa opción no levantaba muchas expectativas, pues difícilmente los bombines coincidirían en ser los mismos y, aun si lo fuesen, probablemente no estarían en buen estado.

A todo esto, apareció el mecánico como elefante en una cacharreria. Apartó a un lado a Alia y se puso a mirar. En seguida se dio la vuelta para exclamar enfervorecido que sabía perfectamente lo que necesitaba hacer: nos iba a cobrar diez mil francos centroafricanos, pero, antes que nada, lo primero era aseguararse de que le íbamos a pagar.

Su forma de encarar el asunto, ya de entrada, no me gustaba nada. Las pocas dudas que me quedaban, me las quitó Alia de un plumazo. Me la encontré escondida tras la puerta trasera del coche. Estaba muy molesta con la actitud prepotente y grosera del mecánico. Me explicó que no le gustaba nada la idea de confiar nuestro coche a un tipo cuyo aliento claramente delataba iba con un par de copas de más. Alia además estaba convencida que todo lo que iba a hacer era bloquear el conducto del líquido del freno, para así cortar la fuga. Pero para sencillamente desconectar los frenos traseros nos bastábamos ya nosotros y no nos hacía falta un mecánico fanfarrón. Le expresé a Jonathan las reservas que teníamos y él me confirmó que, en efecto, lo que el mecánico le había dicho iba a hacer era bloquear los frenos traseros.

Despedimos al mecánico y Alia se puso a idear cuál sería la mejor forma de bloquear el conducto del líquido de freno. Finiquitada la fuga, solo restaba sangrar los frenos. Jonathan nos ayudo ejerciendo de transmisor. Como había mucho jaleo en la calle, se me hacía muy difícil escuchar desde el asiento del conductor las instrucciones de Alia. De modo que Alía le daría la orden a Jonathan, quien desde la ventana del copiloto me la transmitiría a mí. La escena era realmente cómica: normalmente Alia y yo utilizamos el inglés para coordinarnos para sangrar los frenos. Como Jonathan no hablaba inglés, tuvimos que encontrar términos en español para las órdenes que Alia daba. Acostumbrados tanto al inglés, se me hizo muy difícil encontrar las palabras correctas. Realmente no demostré muchas dotes de traductor y la escena quedó un poco ridícula.

Se había hecho muy tarde y necesitábamos resolver cómo pasar la noche. Le preguntamos a Jonathan si conocía algún sitio tranquilo donde pudiésemos aparcar el coche y pasar la noche. Jonathan me respondió que gustoso nos alojaría en su casa. Para ser sinceros, tras haber compartido con Jonathan las últimas horas y haber disfrutado de su generosidad y amistad, resultaba fácil predecir cuál sería su respuesta. Desde Bamenda, en Camerún, hacía alrededor de cinco días que no pasábamos la noche en un sitio con medianas condiciones de habitabilidad, de modo que fue una auténtica bendición que Jonathan nos brindara la oportunidad de darnos un baño, aunque fuera mediante cubos de agua, y recargar las baterías de nuestros dispositivos electrónicos. Tras Makokou, tuvimos que esperar una semana para volver a poder disfrutar de las comodidades de la vida moderna. Esta claro que la energía que recibimos en Makokou fue de gran ayuda y nos vino realmente muy bien.

A la mañana siguiente, al igual que el día anterior con Malcolm, Jonathan nos ofreció un sencillo desayuno; eso sí, de nuevo lleno de buena amistad. Jonathan recibió la noticia de que había un grupo de chicos que necesitaban que les diera unas clases. Sin duda, se puso muy contento y fue rápido a prepararse. Al rato regreso hecho un auténtico pincel. Tanto que las fotos que nos sacamos para el recuerdo quedaron totalmente desequilibradas: casi hacía daño a la vista, él tan elegante, trajeado y acicalado, y nosotros tan desarrapados.

Aún probamos a ver si era posible retirar defectivo de la oficina que nos habían indicado el día anterior. No hubo éxito, así que nos acogíamos a la esperanza de que hubiese un cajero en Lamberene. Jonathan no quería llegar tarde a su clase, y se apresuró a coger un taxi. Yo le insistí que sería un placer llevarle en nuestro coche hasta la escuela. Finalmente le dimos las gracias por todo, hicimos deseos de volver a vernos algún día y nos despedimos.

Habiendo dejado Makokou atrás, pusimos dirección hacia Lamberene. Teníamos suficiente combustible y dinero para llegar hasta ahí. Pero necesitaríamos retirar dinero en Lamberene o no nos sería posible continuar. Dado lo justo que andábamos de efectivo, no hacía realmente falta encontrar también una gasolinera, pero esto no ocurrió hasta alcanzar Ndjole.

Sin embargo, la mala noticia que recibimos en Ndjole fue cuando nos explicaron que no debíamos confiar en encontrar un cajero automático en Lamberené. Además, la mujer de la gasolinera que nos lo decía parecía tener muy buena certeza de eso. Nos explicó que ella misma tiene tarjeta bancaria Visa y solo hay cajeros automáticos en Libreville o Mouila. Libreville estaba totalmente fuera de nuestro itinerario. Por otro lado, Mouila quedaba demasiado lejos: no teníamos suficiente dinero o suficiente diesel para llegar hasta ahí.

Entonces la suerte se volvió a compadecer de nosotros: un hombre se detuvo en la gasolinera a repostar gasoline y se interesó por nuestro problema. Nos dijo que podía cambiarnos dinero. El pensaba que probablemente tendríamos euros o dólares; pero tras tanto tiempo de viaje, ya estábamos en los mínimos. Sin embargo, yo me acordé que íbamos arrastrando más de 30.000 CFA de Africa Occidental, desde que salimos de Costa de Marfil; nunca tuvimos oportunidad de gastarlos. Así que yo le pregunté si le servían de algo los CFA de Africa Occidental. Casualmente, él viajaba periódicamente a Togo, por lo que nos ofreció cambiarnos 30.000 CFA de Africa Occidental por otros tantos 30.000 CFA de África Central. Era un trato muy honesta pues ambas monedas se cotizan básicamente lo mismo. Con esos 30.000 CFA teníamos más que suficiente dinero como para llegar a Mouila! De modo que nuestro problema finalmente se había resuelto, pues, efectivamente, al llegar a Mouila, encontramos un cajero automático.